

Me pareció una buena idea intentar apuntarme a un curso de percusión para quitarme la espina, para ser precisos, la doble espina. En realidad, era una buena forma de matar dos pájaros de un tiro: hacer algo que me apetecía y conocer gente nueva. Llamadlo gente, llamadlo hombres con ritmo y brazos fuertes que tocan el tambor…
Por suerte, conseguí plaza para las clases. Estaba supermotivada, como cuando empiezas un curso nuevo y sabes que te vas a encontrar con algo diferente. Al llegar a clase, saludé tímidamente y sondeé la edad de la gente del curso. En realidad, la media estaba por encima de lo que tenía previsto. De repente, dejé de soñar con el grupo de hombres fornidos, ya que me encontraba entre un animado grupo del imserso. Animado tampoco sería la palabra más adecuada, porque los tambores fueron sustituidos por xilófonos. El instrumento de percusión por antonomasia. Pffffffffff. ¿Dónde está la cámara? Me dije.
¡Menudo bajón! Solo resistí a un par de clases de una hora y media encerrada tocando una canción que todavía tengo en la cabeza: Si, si, si, re, do, si, re, sol, sol, sol, si, la sol… Seguro que la conocéis. ¿No? Es el himno de la alegría. Justo lo que me hacía falta en ese momento. ¿Para cuándo una versión con tambores?
Por desgracia los sentidos son capacidades humanas que pueden llegar a perderse. Se puede perder la vista, el oído, el olfato, el gusto… pero y el tacto? Desconozco si hay alguna enfermedad rara que te prive repentinamente del tocar, del sentir lo que tocamos y del ser tocados. Posiblemente existan casos. Como he dicho, los sentidos son susceptibles de dejar de ser sentidos.
Desde pequeños descubrimos el mundo por una necesidad irracional de tocarlo todo. Experimentamos y aprendemos a reconocer texturas, pieles, superficies… Para Freud, el motivo principal de la vida, manifestado desde nuestra más tierna infancia, es la búsqueda del placer. El niño busca aquello que le resulta agradable y evita aquello que le resulta doloroso. Y este proceso de búsqueda-evitación se manifiesta durante toda nuestra existencia de diversas maneras, una de ellas mediante el tacto, sentido a través del cual nos relacionamos con el mundo y nos mantenemos en “contacto” con él.
De ahí que ya de adultos sigamos teniendo aún adherido aquel gesto curioso e irrefrenable de tocar todo aquello que está prohibido tocar. Entrar en una tienda silenciosa de figuritas minúsculas de porcelana, que más que figuras parece que vendan silencio, y de repente aquel cartel impertinente: “NO TOCAR”. O desviarte un poco del camino para tocar aquel vidrio casi transparente del escaparate, alargando como en un gesto de comprobación espacial la mano hacia delante hasta chocar contra aquel muro transparente y comprobar que sí, que hay cristal. Entrar en una casa antigua y desconocida y comprobar la rugosidad de las paredes deslizando el dedo índice sutilmente por el estucado, tocar a conciencia la superficie de un mueble antiguo, como si pudiéramos teletransportarnos y respirar a través del tacto todo aquello que el mueble ha visto, oído y olido en su larga e inerte existencia. No quedarnos tranquilos hasta tocar aquel jersey nuevo, comprar por el tacto de la tapa un libro, tocar los manteles de la mesa mientras cenamos, tocar, tocar…
... siempre como a escondidas, tocando fugazmente un instante con los dedos esperando no ser descubierta, como cuando pienso que no miras y no te das cuenta y de repente me descubres y te sorprendes diciéndome:
Qué haces? Qué tocas?
A ti.