En la oscuridad de la despensa, todo se ve más claro... sí, no estás loca, eres tu, la misma de siempre... trabajas en un restaurante y te encanta. siempre has tenido una sensibilidad olfativa y un gusto exquisito.
Ya de pequeña, cuando te tocaba comer en el colegio todos los días, escondías en servilletas los trocitos de hamburguesa que detestabas, y los tirabas discretamente en la papelera del patio. Nunca te gustó el eneldo, y se empeñaban en poner un poco en las hamburguesas.
Con el tiempo tus habilidades se fueron refinando, y ahora eres capaz de distinguir cientos de vinos sólo con olerlos y mojarte los labios. Y lo mejor, sabes combinar vinos y platos a la perfección. Y por eso te han contratado en uno de los mejores restaurantes de Buenos Aires, el Prado. Y por eso llegas tarde todas las noches a casa, donde te espera Tomás, ya cansado, para darte un beso de buenas noches. Le quieres mucho. Y él a ti.
Tu vida discurre tranquila en la calma de las bodegas, en el ajetreo de la cocina, probando delicias a diario y siendo reconocida como el secreto de la estrella M. del Prado.
Todo está bien. Todo está bien...Todo estaba bien.
Ayer todo cambió. Y sólo el silencio del fondo de la despensa y el holor a musgo que sube de aquel rinconcito húmedo te acompañan. No entiendes por qué pasó.
Era tarde, ya te ibas!! y de pronto se te ocurrió mirar si el Moët Chandon estaba preparado para la comida del concejal del día siguiente. Y allí estaban. Jorge, con sus brazos fuertes, su torso imponente, su mirada intensa, la tez brillante de calor y Julia, con su exuberacia, su piel canela, su sonrisa de ninfa, vibrante, entregada. sin gorros de cocina, sin delantales, ni cintas, ni complejos. Sin nada. Sólo ellos y una botella de Veuve Clicot.
Y notaste el rubor en el cuello y las mejillas, y el pulso acelerado y la mirada fija, de pronto sosteniendo la suya. Inmóbil.
I saliste corriendo, escleras arriba, lejos, muy lejos!!
Pero sólo en tu mente. Los pies no respondieron, pesaban centenares de quilos, eran mármol esculpido, fríos, estáticos.
Y entonces ocurrió. Cuatro manos hábiles, rápidas, silenciosas, dejaban tu piel y tu alma al descubierto, en un segundo el champán llenaba tus sentidos, y adormecía tu mente. Y tu cuerpo respondía hábil a cada gesto. Y sólo veías y tocabas y sentías. Y disfrutabas.
Y llegaste tarde del trabajo. Y saludaste a Tomás, ya cansado, que te esperaba para darte un beso de buenas noches y un cálido abrazo.
Pero tú sólo olías a Jorge en tus manos, y a Julia en las sábanas y a ti saboreando el mejor vino de tu vida.
Y ahora entiendes por qué. Tienes todos los sentidos. Menos el común.